Estoy jugando una partida al Dark Heresy (es en el mundo de Warhammer, desde el punto de vista de unos acólitos de la Inquisición) con mi novio y algunos amigos. La semana pasada me dio por hacerme el historial de mi personaje, y me quedó un relato que me gustó bastante. Ahí os lo dejo.
Galatia Administra Nabucorum
Apariencia:
Como la mayoría de los nacidos y criados en el vacío mi rasgo más destacable y el que más extrañeza suele causar es mi tono de piel, que es de un blanco azulado. Soy bastante esbelta, apenas peso 70 kilos, lo que no es mucho teniendo en cuenta mi 1,95 m . de estatura. Mis ojos son de un tono violeta bastante peculiar incluso entre mi gente. Un rasgo del que me siento particularmente orgullosa es de mi pelo, de un color negro oscuro, larguísimo, que recojo en intrincados peinados que puedo llegar a tardar horas en completar. Es mi única concesión a la coquetería.
El resto de mi aspecto es bastante austero. Siempre he vestido túnicas amplias y cómodas ceñidas con un cinturón, con multitud de bolsillos donde guardo todo tipo de cosas: desde una placa de datos hasta una bolsita con mechones de pelo de toda mi familia, el único recuerdo tangible que me llevé al dejar mi nave. Tras mi ingreso en la Inquisición el color grisáceo, sin ningún tipo de tinte, de mi túnica ha sido sustituido por el granate del Ordo Inquisitorum. Mi atuendo se completa con un abrigo de cuero tachonado que me pongo cuando salimos de la nave. Todo esto me da un aspecto que, por decirlo suavemente, resulta extravagante. Pero como debido a mi procedencia la mayoría de las personas me van a mirar mal, no veo razón para cambiarlo.
Historia vitae
Mi nacimiento, o debería decir mi salida de la incubadora, se produjo hace ya 45 ciclos solares. La mayoría de las personas consideran una medida extrema gestar a los bebes en incubadoras, pero en el espacio es la única forma de asegurar un correcto desarrollo del feto debido a la perniciosa influencia de la disformidad. Los embarazos a la vieja usanza son demasiado arriesgados.
Mi nave natal, como indica mi gentilicio, es la Nabuco, del tamaño de una ciudad planetaria, y con una población media de 200.000 almas. Mi padre Tarsus también nació en ella y nunca ha pasado fuera periodos superiores a unos pocos días estándar. Su puesto como administer de la Nabuco (asistente de registros) hizo muy fácil que se aprobara mi entrada en la profesión, a la que me sentía inclinada, ya que en el espacio se tiende a heredar la profesión de los progenitores.
Mi madre, Aelia, también es nacida en el vacío, aunque nació y se crió en otra nave, la Ilión, más pequeña que la nuestra. Ésta quedó destrozada, convertida en un pecio más del espacio después de sufrir un ataque de bandidos y conseguir escapar por los pelos. Afortunadamente era una nave de experimentados comerciantes que tenían buenas relaciones personales y comerciales con nosotros, lo que supuso su admisión en la Nabuco.
También tengo un hermano mayor, nacido 7 ciclos antes que yo, Galo, al que he estado siempre muy unida. Cuando contaba 18 años empezaron a manifestarse sus habilidades psíquicas, por lo que tuvo que irse un tiempo para someterse a la autorización imperial, el Consejo de mi nave no era partidario de buscarnos líos innecesarios teniendo un psíquico no autorizado a bordo. Esto introdujo ciertos cambios en su carácter: para empezar mi hermano, que nunca había sido especialmente religioso, consagró su vida y su alma al trono. Afirmó que durante su experiencia “había visto la luz del Emperador”. Desde ese momento se volvió tremendamente espiritual. Su devoción no pasó inadvertida, e incluso recibió un anillo de Catalium (¡de 200 tronos!), un rarísimo material como señal de ésta, una distinción que al parecer no conceden a cualquiera. Ahora vive prácticamente como un monje, sin tomar esposa ni interesarse demasiado por “las cosas mundanas”, como él mismo las llama. Al volver Galo, el Consejo decidió venderlo a otra nave a cambio de una ruta comercial más segura. Ahora es el navegante de una pequeña nave comercial, una vez al año las rutas de nuestras naves se cruzaban y nos veíamos uno o dos días. Actualmente nos mantenemos en contacto por mensajes esporádicos ya que, como es bien sabido, las comunicaciones en el espacio no son muy rápidas.
La venta de mi hermano y nuestra separación forzosa supuso un duro golpe para mí y acabó con mi fe en la infalibilidad del Consejo. Ésto hizo que surgiera en mí una vena rebelde, aunque no era algo que sacara a relucir muy a menudo. Había demasiado trabajo y poco tiempo. La Nabuco es una nave mercante de ciclo, lo que significa que siempre está en movimiento, de un sitio al siguiente. Así que si nos olvidábamos de dejar, recoger o comprar algo en un puerto no podríamos volver hasta el año siguiente, o lo que era peor, perderíamos una venta. No podía distraerme y cometer un error.
A los 17 años empecé a salir con un joven piloto llamado Marcus y 5 años más tarde nos casamos. A los 24 años fui madre de una preciosa niña a la que llamamos Megara y mi vida cambió. Mi misión en el mundo estaba ahora clara: cuidar de ese ser tan indefenso que, aunque no había salido de mi interior, era sangre de mi sangre. Me asenté, me volví mucho más tranquila, menos crítica y rebelde. Fueron los años más felices de mi vida. Pero por mucho que lo desease, no podía durar para siempre.
Hace ahora 11 años organizamos una pequeña excursión con los niños mayores de la Nabuco. Estas salidas son muy habituales y tienen como objetivo acostumbrar a los niños a moverse en el espacio con comodidad. Mi marido era el piloto y yo conseguí unas horas libres y me fui con ellos. Cogimos una nave auxiliar y nos fuimos a una zona libre de naves, para mayor seguridad. Después de un par de horas encontramos un pecio abandonado y, como no parecía haber peligro, decidimos investigar. Para los niños era una oportunidad de aprender a moverse entre restos y para los adultos una ocasión de encontrar alguna cosa que pudiésemos vender. Ese año no nos había ido muy bien y sacar unos tronos extras sería un alivio. Desgraciadamente resultó ser una trampa. Unos piratas nos atacaron. Se habían preparado bien, disponían de un inhibidor de señales con el cual nos incomunicaron con la Nabuco. A mí me correspondió volver rápidamente a por ayuda. Pero el capitán se negó. Arguyó que el cargamento que llevábamos era demasiado importante para arriesgarnos a perderlo, ya que si no llegaba completo o a tiempo el gobernador planetario, un déspota sin compasión, no nos pagaría y nuestras reservas de alimentos eran demasiado reducidas. Conseguí reunir al Consejo y presentarles el caso, pero para mi consternación, ratificaron la decisión del capitán. Abandonamos a 15 niños y 2 adultos a su suerte, entre los que se incluían a mi esposo Marcus y mi hija Megara de 11 años.
No recuerdo gran cosa del siguiente año. Me movía y actuaba mecánicamente, no podía pensar, ni sentir. Sólo deseaba que pasase ese año para volver al lugar donde todo había ocurrido. Organizamos una expedición, esta vez bien armada, pero no encontramos ni rastro de los piratas, ni ninguna pista de su paradero. Tampoco había rastro de la nave. Lo que sí descubrimos fueron varios cadáveres desnudos flotando entre los restos del pecio. Reconocí entre ellos a mi marido, que tenía varias heridas de arma láser. Le habían arrebatado todo, incluso la ropa. Después de aquello decidí que no podía seguir viviendo en la misma nave que aquellos que habían condenado a muerte a mi familia.
En ese momento surgió la oportunidad de ir a una estación de investigación. Un planeta acababa de salir de la disformidad y pedían personal para investigar si era viable hacerlo habitable. Me apunté sin dudarlo. Quería irme, quería aventuras, o tal vez una sobrecarga de trabajo, algo que me impidiese pensar. En lugar de eso, estuve 10 años aburrida, repasando multitud de datos, y con mucho tiempo para reflexionar. Había visto el cadáver de mi marido, pero no el de mi hija. Esto me hizo recapacitar. Quizás me había precipitado, quizás, a pesar de todo, mi hija seguía viva. Ese pensamiento me devolvió a la vida, me aferré a él con todas mis fuerzas. Volví a ser consciente de mi entorno.
Entonces me dí cuenta de que algo raro estaba ocurriendo en la estación. Los datos que recogíamos no eran normales, había mediciones extrañas. Informé a mi superior que, muy nervioso, me sugirió que me metiese en mis asuntos, que otros ya estaban investigando. En principio no hice nada, pero días más tarde descubrí que, en contra de todas nuestras órdenes, había un equipo de tierra. Y que había vuelto de una expedición con “algo” que parecía interesar mucho tanto al director de la estación como al jefe de proyectos. Con la confianza en la autoridad ya mermada, prácticamente inexistente, decidí tomar cartas en el asunto: recogí todos los datos de que disponía y envié una baliza-sonda a la Inquisición. Tres semanas más tarde me desperté, extrañada por el súbito silencio de la estación. Salí a la zona común y me encontré a un hombre inmenso, bastante más alto que yo, enfundado en la armadura de combate más impresionante que había visto nunca. Estaba cubierto de sangre y rodeado de los cadáveres de todos los integrantes de la estación. Me miró y me dijo: “Tu eres la que envió la baliza, ¿no es así?”. Yo asentí. “Ven conmigo”. Su tono de voz me dejó bien claro que rechazar la oferta no era una opción que me fuese a gustar. Cogí mi petate y le seguí a su nave. Allí me dijo que había demostrado una gran iniciativa al avisar a la Inquisición, pero que la insubordinación se castiga con la muerte, y me ofreció unirme a la Inquisición. Mientras nos alejábamos, la estación de investigación explotó.
Después de eso el Inquisidor Miranthis, me llevó a Alcres Tertius, un planeta del Sector Última donde he pasado los últimos meses. Estuve varias semanas en un campamento de la Guardia Imperial donde trataron de enseñarme a manejar armas de fuego, aunque eso nunca ha sido mi fuerte. Afortunadamente no maté a nadie. También tuve que memorizar multitud de códigos y claves usados por la Inquisición, aunque ésto me resultó más fácil. Al margen de esas semanas con la Guardia, donde estuve fuera de mi elemento, el resto del tiempo lo he pasado adiestrándome y aprendiendo en las enormes bibliotecas del planeta. Dicen que mi entrenamiento está a punto de concluir, así que ahora estoy a la espera de que me asignen un destino. Mientras tanto busco información en los archivos. Estoy convencida de que ha habido otros ataques parecidos al asalto que sufrió mi familia, y rastreándolos, podré encontrar a los piratas que nos atacaron. Y una vez que lo consiga averiguaré qué ocurrió con Megara.
Espero que os haya gustado. También voy a escribir el relato de nuestras aventura. Será tipo crónica desde el punto de vista de Galatia. Iré publicando mis avances.
Saludos desde el Olimpo