Escoria, gusano, malnacido… eran algunas de las palabras que nos dedicaba a mi hermano y a mí nuestro querido padre. Mi nombre es Rexus Aestus, ex soldado de la Guardia Imperial al servicio de la Inquisición. Mi trayecto hasta el momento actual no fue precisamente un camino de rosas…
Nací y me crié en el mundo de Perpilan Terminuas, en el límite oriental del sector Ultima. Soy el benjamín de una familia minera desestructurada desde el momento de mi nacimiento, puesto que el mismo día que llegué al mundo me llevé la vida de mi madre. Desde ese momento mi padre se dio a la bebida y al juego, gastando casi todos los ahorros que ganaba en su paupérrimo oficio.
Fruto de sus malas compañías y sus malos hábitos llegaba día si y día también ebrio a casa decidido a pagarlo conmigo y con mi hermano Icarus. Sin embargo, siempre que venía a por mi, Icarus se interponía encarándose con padre, y recibía más golpes de los que le tocaban por día, todo por que no me dieran a mi. Mi hermano siempre fue mi guardián y protector.
Cuando cuando cumplí los 8 años la paradoja del destino dio de nuevo un vuelco a mi vida… fruto de las constantes juergas y mala vida, mi padre murió. Mi hermano entonces contaba con 11 años, por lo tanto no nos pudimos quedar en casa. Nos desalojaron del lúgubre agujero donde vivíamos para instalarnos en otro aún más tétrico, un orfanato de niños de guerra. Allí vivimos nuestras rebeldías entre puñetazos y añejas canciones de guerra. Ante los relatos del Caos que contaban mis compañeros yo me aferraba a la Luz del Emperador, para no caer en el oscurantismo y para sacar de él valor.
Huelga decir que un orfanato es un lugar donde el pez grande se come al chico. Pues bien, yo era el pez chico, y de nuevo mi hermano Icarus, al que estaba muy unido, volvía a sacarme las castañas del fuego. Se nos veía siempre en pareja, él haciendo triquiñuelas y yo secundándole. Era tan carismático que pronto se convirtió en una especie de líder entre nosotros los desarrapados. Así paso nuestra adolescencia hasta el día en el que, a los 16 años, echaron a Icarus del orfanato.
A los 3 meses de su partida me escribió una carta. Por lo visto se había visto envuelto en una reyerta pública donde había dejado a un facineroso paralítico. El tribunal le dio a elegir entre servir en las máquinas de las inmensas naves imperiales o engrosar las extensas filas de la Guardia Imperial. Mi hermano optó por lo segundo, y parece que no le fue mal.
Cuando me llegó la hora de salir del orfanato me encontré con mi buen hermano Ícarus. Lo vi cambiado, más disciplinado, radiante: había logrado llegar en muy poco tiempo al rango de sargento dentro de una unidad de Leman Russ (carros ligeros). Al mes del encuentro me encontré trabajando en las mismas minas en las que trabajó mi desdichado padre. Cada vez tenía menos contacto con mi hermano. Tanto es así que, llegó un punto en el que simplemente dejó de dar noticias de su vida. Yo seguí con mi vida, intentando vivirla de la manera más digna posible; sin embargo un accidente en la mina que estuvo a punto de acabar conmigo y mis excesos puntuales con la bebida me hicieron replantearme la vida. Quizás pudiera llegar a ser tan brillante como mi hermano. Quizás pudiera tener disciplina, autocontrol y quizás alguna muchacha con la que compartir catre. ¿Dónde podría encontrarlo sino en la Guardia?
Me alisté con las mayores ilusiones: viviría mil aventuras, se me conocería por mi valor, ascendería rápido y quizás pudiera llegar a ser un marine. Pero al poco esa emoción dio paso a la desesperación. Los superiores nos trataban pésimamente, no se comía bien (y ya es decir diciéndolo yo), el armamento era pésimo… en definitiva, una jodida mierda. No destacaba en nada, y eso me hizo sumirme en una gran depresión, de la que me salvó mi férrea fe en el emperador.
Fueron pasando los años, y poco a poco me hice con la vida castrense: patrullas, inspecciones de barracón, patrullas, escoltas, más patrullas, limpiar las habitaciones a los oficiales,… mi vida iba transcurriendo sin más novedades. Forjé lazos de camaradería con mucha gente mientras pasaron los años, incluso llegué al rango de Escudoblanco. Tomábamos el pelo a los novatos, bebíamos,… vivíamos el día a día rezando para que no nos movilizaran ante el reciente movimiento de los enjambres tiránidos.
Fue uno de esos días cuando, estando en el barracón apostando dinero con mis camaradas, cuando llegó un mensajero con dos cartas. Abrí la primera sobre mi catre, y leí atónito la solemne comunicación firmada por un tal capitán Afranius, en la que daba noticia de la defunción de mi hermano en servicio heroico contra los enemigos del imperio. No lloré, el orgullo y la vergüenza ante mis compañeros me lo impidieron. Pese a ello y con los ojos emborronados abrí la segunda carta, que parecía tener algo dentro. Cayeron sobre mi saco unas chapas de identificación, idénticas en forma a las que llevaba yo, pero estas estaban ensangrentadas, y aparte del número de serie tenían un nombre: Ícarus Aestus, 1131 Div-CL-GI 3-Bon. Saqué un legajo del sobre en el que ponía muy escueto: “Tu ermano qeria que te las entrejase con la carta. se fuerte camarada. Brando Octilio”. También había una carta ensangrentada en algunas partes. Era de mi hermano.
Estimado Rexus
Cuando leas estas palabras seguramente haya muerto. Preparo esta carta de antemano por si acaso me pasara algo, nos han mandado entrar en acción y ya me conoces, me gusta ser previsor.
Siento no haber tenido contacto contigo desde hace años, no tengo excusa. Me enteré de que habías entrado en la Guardia, y eso me alegró. Quiero que sepas que todavía te guardo en mis plegarias. Eres y serás siempre el camarada que está a mi lado. Ojalá cuando nos veamos sea dentro de mucho mucho tiempo. Siento toda esta palabrería, los pensamientos me vienen tan rápido…
Necesito que me hagas un favor. Hace tiempo que estoy con una chica, Taeda Nitaris, una guardia imperial del 475 de infantería de la GI. Si muero debes encontrarla y sacarla de la Guardia y protegerla. Huid lejos si hace falta, pero que nada le pase: dentro de sí lleva a mi hijo, al que me prometió le daría tu nombre.
Se que eres un hombre entero Rexus, te enseñé para ello. Cuida de Taeda, de mi hijo, y sobre todo cuídate tu.
Huelga decir que un orfanato es un lugar donde el pez grande se come al chico. Pues bien, yo era el pez chico, y de nuevo mi hermano Icarus, al que estaba muy unido, volvía a sacarme las castañas del fuego. Se nos veía siempre en pareja, él haciendo triquiñuelas y yo secundándole. Era tan carismático que pronto se convirtió en una especie de líder entre nosotros los desarrapados. Así paso nuestra adolescencia hasta el día en el que, a los 16 años, echaron a Icarus del orfanato.
A los 3 meses de su partida me escribió una carta. Por lo visto se había visto envuelto en una reyerta pública donde había dejado a un facineroso paralítico. El tribunal le dio a elegir entre servir en las máquinas de las inmensas naves imperiales o engrosar las extensas filas de la Guardia Imperial. Mi hermano optó por lo segundo, y parece que no le fue mal.
Cuando me llegó la hora de salir del orfanato me encontré con mi buen hermano Ícarus. Lo vi cambiado, más disciplinado, radiante: había logrado llegar en muy poco tiempo al rango de sargento dentro de una unidad de Leman Russ (carros ligeros). Al mes del encuentro me encontré trabajando en las mismas minas en las que trabajó mi desdichado padre. Cada vez tenía menos contacto con mi hermano. Tanto es así que, llegó un punto en el que simplemente dejó de dar noticias de su vida. Yo seguí con mi vida, intentando vivirla de la manera más digna posible; sin embargo un accidente en la mina que estuvo a punto de acabar conmigo y mis excesos puntuales con la bebida me hicieron replantearme la vida. Quizás pudiera llegar a ser tan brillante como mi hermano. Quizás pudiera tener disciplina, autocontrol y quizás alguna muchacha con la que compartir catre. ¿Dónde podría encontrarlo sino en la Guardia?
Me alisté con las mayores ilusiones: viviría mil aventuras, se me conocería por mi valor, ascendería rápido y quizás pudiera llegar a ser un marine. Pero al poco esa emoción dio paso a la desesperación. Los superiores nos trataban pésimamente, no se comía bien (y ya es decir diciéndolo yo), el armamento era pésimo… en definitiva, una jodida mierda. No destacaba en nada, y eso me hizo sumirme en una gran depresión, de la que me salvó mi férrea fe en el emperador.
Fueron pasando los años, y poco a poco me hice con la vida castrense: patrullas, inspecciones de barracón, patrullas, escoltas, más patrullas, limpiar las habitaciones a los oficiales,… mi vida iba transcurriendo sin más novedades. Forjé lazos de camaradería con mucha gente mientras pasaron los años, incluso llegué al rango de Escudoblanco. Tomábamos el pelo a los novatos, bebíamos,… vivíamos el día a día rezando para que no nos movilizaran ante el reciente movimiento de los enjambres tiránidos.
Fue uno de esos días cuando, estando en el barracón apostando dinero con mis camaradas, cuando llegó un mensajero con dos cartas. Abrí la primera sobre mi catre, y leí atónito la solemne comunicación firmada por un tal capitán Afranius, en la que daba noticia de la defunción de mi hermano en servicio heroico contra los enemigos del imperio. No lloré, el orgullo y la vergüenza ante mis compañeros me lo impidieron. Pese a ello y con los ojos emborronados abrí la segunda carta, que parecía tener algo dentro. Cayeron sobre mi saco unas chapas de identificación, idénticas en forma a las que llevaba yo, pero estas estaban ensangrentadas, y aparte del número de serie tenían un nombre: Ícarus Aestus, 1131 Div-CL-GI 3-Bon. Saqué un legajo del sobre en el que ponía muy escueto: “Tu ermano qeria que te las entrejase con la carta. se fuerte camarada. Brando Octilio”. También había una carta ensangrentada en algunas partes. Era de mi hermano.
Estimado Rexus
Cuando leas estas palabras seguramente haya muerto. Preparo esta carta de antemano por si acaso me pasara algo, nos han mandado entrar en acción y ya me conoces, me gusta ser previsor.
Siento no haber tenido contacto contigo desde hace años, no tengo excusa. Me enteré de que habías entrado en la Guardia, y eso me alegró. Quiero que sepas que todavía te guardo en mis plegarias. Eres y serás siempre el camarada que está a mi lado. Ojalá cuando nos veamos sea dentro de mucho mucho tiempo. Siento toda esta palabrería, los pensamientos me vienen tan rápido…
Necesito que me hagas un favor. Hace tiempo que estoy con una chica, Taeda Nitaris, una guardia imperial del 475 de infantería de la GI. Si muero debes encontrarla y sacarla de la Guardia y protegerla. Huid lejos si hace falta, pero que nada le pase: dentro de sí lleva a mi hijo, al que me prometió le daría tu nombre.
Se que eres un hombre entero Rexus, te enseñé para ello. Cuida de Taeda, de mi hijo, y sobre todo cuídate tu.
Te quiere tu hermano
Icarus
Aquella noche apenas pude dormir; cuando desperté parecía que había dormido un par de minutos. El sargento me dio una misión para esa semana: llevar unas cajas a un inquisidor que estaba estudiando unas ruinas eldar en unas minas. Me pusieron por primera vez al mando de una escuadra de verdes reclutas conscriptos. Los llamábamos “los maravillosos de las dos semanas”, porque era todo el entrenamiento que recibían antes de lanzarlos a la guerra. Junto conmigo salían de patrulla mis buenos amigos Jena la pecosa y Artus el piojo.
Fue un viaje de varios días a través del escarpado terreno salvaje de Perpilan, donde ayudado por mis amigos logramos controlar la situación con los novatillos. Al cuarto día llegamos al destino, pero algo nos dio mala espina. Efectivamente, había unas ruinas eldar, pero estaba todo desierto, con un silencio que atenazaba el corazón. Artus se adelantó un poco hacia la entrada de las minas para ver si había alguien dentro. De repente, con un grito agónico surgieron de las ruinas asquerosos mutantes y otros horripilantes engendros caóticos como una enjambre furioso. Artus gritó: “¡Van a por las cajas!” antes de que un engendro le atravesara el ojo con un aguijón. Enfurecidos, Jena y yo tomamos la situación ordenando fuego. Los reclutas se comportaron bien, disparando como locos a todo aquello que no vistiera el uniforme imperial. Hubo un par de los nuestros que sucumbió, pero la situación parecía estar controlada. O eso pensábamos.
De entre las ruinas surgió la impresionante figura de un inquisidor tan oscuro como su armadura, cubierta de símbolos heréticos. He de reconocer que ante esa visión me oriné encima (y más de uno detrás de mí se cagó); recé a la Luz del emperador para que me protegiera y pudiera cumplir aquello que mi hermano me había pedido.
Sin mediar orden todos abrimos fuego hacia la abominación, que rodeada de una maligna aura de poder, invocó alguna oscura aberración y… cuando me dí cuenta la oleada de odio y putrefacción me tiró al suelo. La sangre había salpicado mi cara: había reventado las entrañas de dos muchachos que estaban frente a mi, y tendido en el suelo pude ver en un ladeo de cabeza como Jena yacía en el suelo con la cabeza atravesada por pinchos que salían de su sanguinolenta cabeza… Entre vómitos de sangre me incorporé lo justo para ver que todos mis compañeros habían caído. Me tumbé boca arriba mientras vi entre la neblina de mis ojos como la oscura figura se acercaba sonriente con oscuras intenciones. Vi mi final y pensé: “bueno Ícarus, parece que nos veremos más pronto de lo que habíamos pensado. Siento no haber podido cumplir contigo.”
Sin embargo parece que el Dios-Emperador escuchó mis plegarias demostrando su piedad, pues en el instante en el que pensaba me reuniría con mi hermano aterrizó estrepitosamente una cápsula de desembarco marcada claramente con los símbolos de la Inquisición. El hereje se giró sobresaltado, pero al instante tuvo que defenderse al ser atacado por una sombra que surgió del transporte. Otro inquisidor, esta vez de los míos, lo combatía con una fiereza y destreza como no he visto nunca, relumbrando sus insignias a la luz del mediodía.
Me arrastré sobre mí mismo para alcanzar mi fusil, apenas me podía mover. Sentía como si una garra gigante oprimiera cada una de las articulaciones de mi cuerpo, cerrándose impulsivamente a cada golpe de armas entre los inquisidores. Al alcanzar mi fusil vislumbré una extraña forma, un portal de disformidad como aquellos que me describieran mis compañeros de orfanato. Sabía que de ahí no iba a salir nada bueno, como efectivamente comprobé a los pocos segundos: una terrorífica criatura estaba empezando a dibujar su sombra tras aquella morada luz putrefacta. Su cabeza asomó por el portal, el miedo me paralizó, era más horroroso que todo lo que acababa de ver. Estaba acabado. Sorprendentemente sonó una voz en mi cabeza: “¡Levanta maldito! Supera tu miedo… si vas a morir, llévate por delante a ese bastardo del caos!”. Con un grito ciego de ira agarré una granada de mi pechera con una mano y me levanté ignorando todo dolor. Grité para darme valor al tiempo que avanzaba hacia el portal a la carrera. Lancé la granada y… no recuerdo nada más. Solo una fuerte explosión, un pavoroso graznido rompiendo el ruido de la lucha, y oscuridad en la mente.
Recuerdo leves fragmentos: estar a hombros del inquisidor que me salvó la vida. Cuando desperté estaba en un centro sanitario inquisitorial.donde un intendente acólito me informó entonces que acababa de ser reclutado por la Inquisición al servicio de Mirantis.

Espero que os haya gustado. El próximo artículo será de cosecha propia.
Saludos desde el Olimpo
Saludos desde el Olimpo
Buena historia de nuestro compañero de fatigas. Aguardando tu próximo artículo. Te espero en mi teatro de los suspiros.
ResponderEliminarCon trasfondos así da gusto dirigir, a ver cunado retomamos las aventuras. Nos leemos.
ResponderEliminarGracias chicos!!
ResponderEliminarEspero que nos leamos mucho y durante mucho tiempo